martes, 14 de febrero de 2017

EL DESCRIPTOR DE SU OBRA AJENA. Y un tren lento apareció por la curva de Maurizio Medo

EL DESCRIPTOR DE SU OBRA AJENA.
Y un tren lento apareció por la curva

de Maurizio Medo[1]



            Aquí se huye de la metáfora, de los símiles, de la identidad, de la voz poética (un tipo de ditirambo)… Pero la muerte de la madre origina de inmediato un regreso al “ruido biográfico”. Medo está ahí, aunque tan solo sea como pronombre, referente, vacío si se quiere, por supuesto ambiguo, pero ahí. El poema es un residuo, como cualquier biografía, y el lenguaje un recurso entre otros. También caben números o una percusión acelerada para representar una distancia, una velocidad, un acuerdo con lo que sucede.


viernes, 3 de febrero de 2017

20 AÑOS DE MEDUSARIO


20 AÑOS DE MEDUSARIO




La editorial chilena RIL cumple 25 años. Para conmemorarlo, a mediados de año la editorial iniciará sus operaciones en España. Y lo hará con otra efemérides: los 20 años de Medusario, la célebre “muestra de poesía latinoamericana”. La primera edición vio la luz en 1996 (México, Fondo de Cultura Económica), la segunda en 2010 (Buenos Aires, Mansalva). Y a finales del 2016 salió la tercera en RIL. 

A pesar de los muchos kilómetros de distancia entre unos y otros, hoy en La Galla Ciencia se reúnen Roberto Echavarren (poeta, selección, prólogo y notas), Jacobo Sefamí (selección y notas) y Eduardo Espina (poeta) para charlar de la que ha sido llamada “la mejor antología de poesía latinoamericana del siglo XX”. Después, José Kozer (poeta, selección y notas) lleva a cabo una breve recomposición del lugar que ocupa hoy el neobarroco.

De nuevo una edición de “Medusario”. La tercera en veinte años, algo verdaderamente inusual para una antología de poesía. ¿Cómo se explica este éxito?

jueves, 6 de octubre de 2016

Una nota debajo de la puerta para anunciar algo terrible


Poesía Latinoamericana

En sí Soleida Ríos


Una nota debajo de la puerta para anunciar algo terrible: “dios es el hombre y tiene miedo de su edad”. Y esa voz que anuncia la presencia determinante hace una gran declaración: otorga su gran ojo de cíclope a quien escribe a su dictado. Esa es la retina que todo lo observa. Sea Dios, sea hombre o padre, en cualquier caso hacedores de la ley. Ella, sin embargo, es niña, mujer, poeta que escribe abierta al mundo. Su voz es su mirada. Mira el mar, las espinas, el cielo que lamentablemente sigue arriba, el templo de la virgen del cobre, el duende entrando en el espejo…

Así empieza Soleida Ríos El libro roto, deslizando una nota por debajo de las puertas, incluida la nuestra cuando lo abrimos de par en par. Un libro en el que, con otros sueños, Dios transita en búsqueda de una voz que lo reconozca, que lo nombre. He ahí la gran permuta. El padre tiene diferentes formas, todas indicio de potencia presencial, aunque sea en la memoria, aquella con que se inicia la escritura en referencia al bíblico Éxodo: “y ese día os será de memoria”.

En sus primeros poemas la muerte es una constante a modo de perseverancia, la inmediatez del pensamiento (“Cuerpo presente”, “Lamento”, “Historia que cuentan sobre un hombre que estaba muy enfermo”, “Rezo para los ojos del traidor”, “Maleva y los niños en el paraíso”…)

Los niños recorren estas páginas tal vez como la suprema evocación de un pasado irrenunciable:

                    En el jardín
                    y más al fondo en los ojos de Maleva
                    los niños se tiran de los árboles.

                    Aquellos niños puros que ya fuimos
                    […]
                    La muerte de los niños no está escrita.
                    […]
                    Los niños
                    hace un instante o hace doscientos siglos
                    entraron al jardín con papeles marcados.
                    Se tiran de los árboles.
                    Se tiran.
                    (“Maleva y los niños en el paraíso”, 19-20)

La niñez puede ser universal, pero también particular, específica. Suele ser hija que espera amparo, solución, medida:

[…] los que venían conmigo y yo sentimos que aquello era un aviso yo llevaba una niña agarrada de la mano y a lo mejor era yo misma… (39)

Cualquier sacrificio es doloroso, pero no cabe imaginarlo en la altura y en el ánimo de ningún niño. Su dolor es una agresión a los ojos, algo que no debiera permitir el perdón. Hay un poema memorable en este libro que se llama “Naturaleza muerta”. Cualquier cadáver lo es. Todo lo domina el ojo de un cíclope, en aquella mirada suya entra el mundo entero y los que lo habitan:

                    Hay un claro en el ojo del cíclope
                    un claro y dieciséis     uno y cuarenta mil
                    no hay rosas sino flores con aromas punzantes
                    no hay hierba verde y lisa sino agudos mosquitos
                              una niña
                    aquel que en el principio fue de barro o madera
                    es ya de piedra y levanta su mandíbula

                              una niña!
                    (“Naturaleza muerta”, 61)

          En ese ojo ciclópeo cabe la totalidad de un vida, y exige su tributo, el efecto de su capacidad totalizadora. La cruz redentora es el símbolo del sumo sacrificio en la tradición cristiana. Nadie podrá negar el impacto que supone que ese cuerpo sacrificado no sea masculino. Una mujer en la cruz es la gran transgresión de un herencia iconográfica milenaria. Hay casos en la historia. El martirio, por ejemplo, de Santa Eulalia, inmortalizado por Bernat Martorrel (1427-1437). O la conocida tradición luso-germana de la crucificada Santa Librada, patrona de las mujeres mal casadas. La conmoción puede ser todavía mayor si hablamos de una más radical crucifixión: una mujer embarazada en la cruz, la controvertida escultura del danés Jens Galschiøt (2006). El paso siguiente, tal vez el último, el más efectivo es su significación agresiva, es el que da Soleida Ríos en este poema, “Naturaleza muerta”:

                    baja la luna baja el viento
                    el sol como un lunar de fuego sube
                    la niña en cruz  en dos maderos blancos
                    echa sangre y espuma
                    el cíclope desnudo  es solo un ojo blanco
                    que echa sangre y espuma. (62)

Al principio era el hombre. He ahí la arbitrariedad de la creación: fue una preferencia, no un acto ajeno a la subjetividad y a la opción. No hay mayor sinónimo de rebeldía que la de negar naturaleza exclusiva al acto y al periodo creativo:

                    …Me abortó el miedo
                    cuando era como un padre para mí
                    padre de mi costilla     padre y madre
                    (“Manuscrito encontrado en un baúl”, 11)

Desde que viera la luz su primer libro (De la Sierra, 1977), Soleida Ríos escribe sin más límite que la necesidad, propia y ajena. Ganadora del premio Nicolás Guillén en 2013 por Estrías, sus entregas son un ejercicio meditado de continuidad. Antonio José Ponte comenta la recurrencia de adjetivos devaluadores en sus títulos. El libro roto, Libro cero, El texto Sucio… Y la insistencia en llamarlos libros. Según Ponte, tal vez por austeridad de la imaginación o tal vez por voluntad programática.[1] Pudiera ser. También cabría hablar de una tradición a la que Soleida rinde tributo: “Libro" puede ser cada una de las partes de una obra, aunque físicamente se publiquen todas en un mismo volumen. Por eso hablaba de continuidad: todos sus libros necesitan el siguiente.
Su poesía arrastra, impone un curso, parece querer desbordar la frontera de la página. No es esta una frase para buscar acomodo en algún sentido. Cuando uno lee a Soleida se tiene la impresión de que algo anda en fuga, una sensación extraña de desbordamiento. José Kozer acertó de pleno cuando ideó el adjetivo inasible para hablar de su poesía.[2] Nació en Santiago de Cuba, 1950. Desde entonces una dedicación resuelta en multitud, efecto sin duda de una fuerza desbordante. Hace antologías (El retrato ovalado). Es promotora cultural. Es conductora de los espacios culturales “Café Emiliana” y “Café Dulce”. Tiene en mente la creación de “El bosque de la poesía cubana”, floresta en el que a cada poeta le corresponda un árbol que de una forma u otra esté presente en su obra. Un auténtica silva poética que requiera injerto, mantillo, regadío…
El libro que aquí comentamos, El libro roto (1994), recoge su poesía escrita entre septiembre de 1987 y julio de 1989.  Suele decirse que este libro marca la madurez poética de la autora, e inaugura un giro estilístico y temático que caracterizará su hacer literario a partir de este momento.[3]  Ella misma comenta su urgencia en aquel entonces de rupturas, una liberación de la voz propia a través de voces ajenas, miradas, delirios, sueños... de otros.[4] En el año 2003 la editorial madrileña La Palma reeditó El libro roto en su colección “Ministerio del Aire”.  No hay ningún otro libro más de Soleida Ríos en nuestro país, muy lamentablemente.
Bien, acepto lo de la fragmentación de lo real, su imposible aprehensibilidad, lo discontinuo de su escritura, la naturaleza coral de su cauce poético… Lo acepto aunque me parece un peaje a los campos semánticos de la intelectualidad académica. Yo quiero ver, sin embargo, un afán de estructura en su obra. Como comenté, en esa “Nota debajo de la puerta”, preliminar que abre el libro, una voz nominadora del mundo se presenta como origen. Ella, por tanto, escribe a su dictado, y así lo dice. Y a tal efecto hay una concesión decisiva: esa voz totalizadora confiere a la autora del libro su único e inmenso ojo de cíclope. A partir de ahí la mirada lo es todo, absolutamente. La palabra “ojo” siempre vuelve, como lo que está en proceso, ocurre, surge entre intervalos. En los ojos del ciclón, en los ojos de Maleva, en los ojos del traidor, ojos tristes, cerrados, tapados, claros como la miel, ojo del cíclope, ojos suyos... Por supuesto hay un ojo supremo, el que todo lo ve, el ojo de la providencia, el Delta Luminoso, acaso el que le concedió la capacidad de observación, de costa a costa de la isla, de página a página. Pero aquí está la disfunción, la nota discordante:

                    mi padre     el padre del que todo lo puede
                    ¿me ha mentido?
                    sus hijos     los apóstoles     lo van a divulgar
                    (“Un poco de orden en la casa”, 44)

La ley, la gran ley, queda en una duda devastadora. Luego será certidumbre: la ley ofrece falso testimonio. En el poema “Con un ojo tapado”, la voz poética sueña con:

                    …un señor sentado sobre un trono
                              muy alto
                    y sus faldas llegaban hasta la orilla de las costas
                    y había serafines     cada uno con seis alas
                    (con dos cubrían sus rostros
                    con dos cubrían sus pies
                    con dos volaban por encima y decían santo santo
                              santo)
                    (“Con un ojo cerrado”, 72)

Puede ser un rey o un topo, la excelsitud de la altura o lo rastrero, pero lo importante allí es un tesoro perdido, acaso el sueño de volver a ser niño. Dios, el que no está ni vivo ni muerto, domina el azar y las causas; el padre y el maestro imponen las reglas, pero únicamente los niños presagian, no aceptan, intentan averiguar donde se ubica el azar. El poema es colosal, de una fuerza formidable. Soleida Ríos en sí.


Y claro, la figura masculina. De eso se ha hablado. Es lo inicial: “Dios es el hombre y tiene miedo de su edad”. La mujer es posterior, la consecuencia de una opción arbitraria. Sí, es verdad: la figura masculina domina el libro de principio a fin, sin concesiones. Pero la voz es una, y es de mujer. La mirada es una, e igualmente es de mujer. El padre está ahí, constante, duradero. Pero a veces no acude a la llamada (“Cuerpo presente”, 13). Y del huevo inicial, genésico, salieron dos (“Manuscrito…”, 12). ¿Hay acaso mejor manera de negar la potestad?

La poesía de Soleida Ríos es inmensa, fértil, adecuada a una mirada voraz, reveladora de lo factible y de lo inefable. Una poesía en continuo. Magnífica.


CON UN OJO CERRADO

                    Uno es un rey o un topo     se mete finamente
                    entre los pliegues sueltos de la tierra
                    o esconde el gran tesoro
                    en el castillo que se inventa con anticipación

                    qué digo
                    quién escucha
                    tengo un ojo tapado     esa es la causa

                    en sueños yo vi a un señor sentado sobre un trono
                              muy alto
                    y sus faldas llegaban hasta la orilla de las costas
                    y había serafines     cada uno con seis alas
                    (con dos cubrían sus rostros
                    con dos cubrían sus pies
                    con dos volaban por encima y decían santo santo
                              santo)

                    no eran topos ni reyes
                    los padres señalan felices con el dedo mirándonos de
                              cerca
                    los maestros felices llenan de nombres un mural
                    tengo un ojo tapado     esa es la causa
                    como de la leyenda que me aprendí hace mucho
                    de memoria
                    pero los hijos somos señales y presagios
                    vamos a preguntar a los encantadores y adivinos
                    les preguntamos a los muertos
                    y los muertos ofrecen testimonio
                    y los encantadores y adivinos ofrecen testimonio

                    qué digo
                    quién escucha
                    tengo un ojo tapado     esa es la causa

                    uno es un rey o un topo     baraja la causa y el azar
                    antes nos dieron el tesoro     y luego
                    el tapón para cerrar el ojo
                    antes creía que cantábamos soltando roncos silabeos
                    que los padres se apresuraron a colorear con música
                              de fondo

                    el tesoro está intacto     el trapo negro
                    es el faldón del santo marcado por el hollín del
                              tiempo
         
                    pero los padres dudan     se tornan iracundos
                    o tristes o malvados o verdaderos prestidigitadores
                    convierten el tesoro y el trapo negro en ley
                    los hijos vamos a la ley
                    y la ley ofrece falso testimonio

                    qué digo
                    quién escucha
                    tengo un ojo tapado     esa es la causa

                    cualquier día volveremos a ser niños
                    nos fugamos alegremente en la máquina del tiempo
                    decididos a averiguar dónde estaba el azar.



NATURALEZA MUERTA

                    Hay un claro en el ojo del cíclope
                    un claro y dieciséis     uno y cuarenta mil
                    no hay rosas sino flores con aromas punzantes
                    no hay yerba verde y lisa sino agudos mosquitos y
                              una niña
                    aquel que en el principio fue de barro o madera
                    es ya de piedra y levanta su mandíbula.
                   
                              -una niña!

                    En el descanso     con el viento con la luna más bella
                    el cíclope se yergue     sube sube
                    pase el torcido pase el ciego
                    pase el borracho ya marcado y cómase la niña
                    la ancha falda floreada el labio vivo
                    y mueva mueva la lengua en espiral
                    pregunte si le gusta
                    y mueva y mueva en espiral el implemento

                    todo es claro     todo parece claro
                    el cíclope es tan joven tan hermoso
                    sus infinitas piernas pedalearon
                    las islas circulares punta a punta
                    la carretera enorme a los costados     el campo abierto

                    con salud     las palmas oh las palmas
                    cuánto gustan las palmas para mirarse altísimo
                    medirse
                    el ojo es claro como la miel más pura
                    adentro está la niña que lo escucha
                    era el ojo de dios la luz de dios
                    un sueño parado en los dos pies

                    baja la luna baja el viento
                    el sol como un lunar de fuego sube
                    la niña en cruz en dos maderos blancos
                    echa sangre y espuma
                    el cíclope desnudo es sólo un ojo claro
                    que echa sangre y espuma.




[1] Antonio José Ponte. “De Soleida Ríos, autora o no”. http://www.habanaelegante.com/Spring2004/Azotea.html
[2] José Kozer. “Inasibles de Soleida Ríos”. http://www.habanaelegante.com/Spring2004/Azotea.html
[3] Lídice Alemán.¿No es la misma de siempre esta mujer? Género, raza y poesía cubana de los ochenta en la obra poética de Soleida Ríos”. Literatura: teoría, historia, crítica 17.1 (2015): 263-295. Cita en 278. http://www.revistas.unal.edu.co/index.php/lthc/article/view/48696/50884
[4] Soleida Ríos. Secadero. La Habana: Unión, 2009. 13.

martes, 6 de septiembre de 2016

POESÍA LATINOAMERICANA: DEL PORMENOR Y LA INMENSIDAD: EDUARDO ESPINA Y EL LENGUAJE EN SUS MANOS


DEL PORMENOR Y DE LA INMENSIDAD: 

EDUARDO ESPINA
Y EL LENGUAJE EN SUS MANOS 


          

Se suele decir que Eduardo Espina en un maestro consumado de la sintaxis, un experto en la taracea de la frase poética. Nadie en el idioma español tiene su agilidad verbal, su dominio de la lengua. Se le ha querido vincular a los poetas pertenecientes a la famosa revista L=A=N=G=U=A=G=E poets de finales de los años 60 y principios de los 70, pero su obra se arrima desde sus inicios a una herencia clásica, abundante y fértil.  Admirador de Julio Herrera y Reissig, lector empedernido de poesía en un buen puñado de lenguas,[1] declarado seguidor del Peñarol, del cómico Roberto Barry, columnista en el diario El  Observador de Montevideo desde el año 1994, amante de la buena cerveza, de los amigos y del rock and roll, Eduardo Espina es por encima de todo un portentoso observador del suceso inmediato, de lo que sucede en la urgencia del instante. De ahí que su poesía se fundamente en el detalle, en el pormenor. A partir de ese momento la lengua se encarga del resto, exprimiendo todas y cada una de las palabras, hasta un final poético de enorme efectividad intelectual y emocional.